La Piel de Zapa
La Piel de Zapa La agonÃa
En uno de los primeros dÃas del mes de diciembre, un anciano septuagenario, arrostrando la lluvia, iba por la calle de Varennes, levantando la cabeza a la puerta de cada casa, en busca del domicilio del marqués Rafael de ValentÃn, con la candidez de un niño y el aire absorto de los filósofos. En aquella cara, encuadrada por largos y desgreñados cabellos grises y reseca como un viejo pergamino que se retuerce en el fuego, se reflejaba la huella de un profundo pesar, en pugna con un carácter despótico. Si un pintor hubiera tropezado con el singular personaje, vestido de negro, flaco y huesoso, de seguro le habrÃa transcrito a su álbum, al llegar al taller, poniendo al pie del retrato la siguiente inscripción: «Poeta clásico, en busca de un consonante». Después de cerciorarse del número que se le habÃa indicado, aquella palingenesia viviente de Rollin llamó suavemente a la puerta de una soberbia mansión.
—¿Está don Rafael? —preguntó el buen hombre a un suizo galoneado.
—El señor marqués no recibe a nadie —contestó el servidor, engullendo una enorme sopa de pan, extraÃda de un hondo tazón de café.
