Los campesinos

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Desde el principio, Michaud y Sibilet se profesaron una antipatía mutua. El franco y leal militar, honor de los oficiales de la joven guardia, detestaba la brutalidad meliflua, el aire desagradable del intendente, al que en seguida puso un apodo: El chino. Pronto se dio cuenta de las objeciones con que Sibilet se oponía a las medidas radicalmente útiles, y de las razones que alegaba para intentar justificar las cosas de dudoso éxito. En lugar de calmar al general, Sibilet, como ha podido ya comprobarse por este sucinto relato, le excitaba continuamente y le impulsaba a adoptar medidas extremas, a la vez que pretendía intimidarle multiplicando los inconvenientes, aumentando hechos sin importancia y presentándole dificultades que calificaba de continuas e incorregibles. Sin adivinar el papel de espía y de agente provocador aceptado por Sibilet, quien desde su instalación en el castillo se había prometido a sí mismo elegir a su dueño entre el general y Gaubertin, según conviniera a sus intereses, Michaud reconoció en el intendente una naturaleza ávida y malvada, sin que viese en él nada que tuviese asomos de probidad. La profunda enemistad que separó desde un principio a esos dos altos funcionarios, agradó por otra parte al general. El odio de Michaud hacía que vigilara al administrador, espionaje al que no se habría prestado si el general se lo hubiese pedido. Sibilet halagó vilmente al jefe de los guardas, sin conseguir que se desprendiese, de la fría corrección que el leal soldado puso entre los dos como una valla divisoria.


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