Los campesinos
Los campesinos Quienquiera que recuerde el pabellón, descrito al principio de este libro, creerá que ha sido reconstruido. En primer lugar, los ladrillos caÃdos o rotos con el tiempo y el cemento que faltaba en las junturas, se habÃan sustituido. La pizarra bien limpia daba alegrÃa a la construcción por el efecto que producÃan las balaustradas de color blanco sobre el fondo azulado. Los alrededores de la casa, desbrozados y enarenados, estaban cuidados por el hombre encargado de la conservación de las avenidas del parque. Los marcos de las ventanas, las cornisas, y en general toda la piedra trabajada, se habÃa restaurado, de forma que el exterior de aquel monumento arquitectónico habÃa recobrado su antiguo esplendor. El patio, los establos y las cuadras, trasladados a los edificios de la faisanerÃa y ocultos por los macizos de árboles, en vez de lastimar la mirada por sus sucios detalles, mezclaban al continuo rumor de los bosques esos murmullos, esos latidos y el batir de alas que constituyen uno de los más deliciosos acompañamientos de la continua melodÃa que canta la naturaleza. Aquel lugar tenÃa, pues, las caracterÃsticas del género silvestre de los bosques poco frecuentados y la elegancia de un jardÃn inglés. Los alrededores del pabellón, de acuerdo con su exterior, ofrecÃan a la vista un no sé qué de noble, de digno, de amable; asimismo, los cuidados de la joven esposa daban al interior un aspecto totalmente distinto del que ofrecÃa la brutal dejadez de Courtecuisse y que tan mal efecto causaba en otro tiempo.