Los campesinos
Los campesinos La señora Soudry se permitía una sospecha de colorete, a imitación de la señorita Laguerre; pero este ligero tinte se había trocado, por la fuerza de la costumbre, en placas de bermellón pintorescamente llamadas por nuestros antepasados «ruedas de carroza». Las arrugas de su rostro se habían ido haciendo cada día más profundas y la alcaldesa creyó poderlas borrar rellenándolas de cremas. Su frente brillaba excesivamente y sus sienes se le iban amarilleando, por lo que se enharinaba la cara y se dibujaba unas líneas azules que querían parecer las venas de la juventud. Esa pintura daba una excesiva vivacidad a sus ojos, ya de por sí traviesos, de tal modo que su máscara habría parecido más que curiosa a un extraño, pero ya acostumbrada a ese derroche de potingues, la sociedad de Soulanges encontraba muy hermosa a la señora Soudry.
Esa jaca, siempre muy escotada, enseñando la espalda y el pecho blancos y barnizados con los mismos procedimientos e ingredientes que empleaba para el rostro, pero, felizmente, y con el pretexto de exhibir unos magníficos encajes, velaba a medias toda la gama de productos químicos. Usaba continuamente un corsé de ballenas, cuyo extremo llegaba hasta muy abajo, lleno de nudos, incluso en la punta… Su falda despedía sones chillones, producidos por el constante roce de la seda y los falbalaes.