Los campesinos

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II

LOS CONSPIRADORES EN CASA DE LA REINA

A su entrada, hacia las cinco y media de la tarde, Rigou solía encontrar a los habituales del salón Soudry ocupando sus puestos. En casa del alcalde, como en toda la localidad, se almorzaba a las tres, según la costumbre del siglo pasado. De las cinco a las nueve los notables de Soulanges iban a intercambiar ideas y noticias, a pronunciar sus speeches políticos, a comentar los acontecimientos de la vida privada de todo el valle y a hablar de Les Aigues, lo que ayudaba a la conversación durante una hora diaria. Era preocupación de cada uno enterarse de cualquier cosa que sucediera, sabiendo, por otra parte, que así eran más gratos a los dueños de la casa.

Terminada esta obligada revista, se ponían a jugar al boston, el único juego que la reina conocía. Cuando el gordo Guerbet había remedado a Isaura, la mujer de Gaubertin, burlándose de su gesto pensativo, de su vocecita, de su boquita y de sus maneras aniñadas; cuando el cura Taupin había contado una de las historietas de su repertorio; cuando Lupin había referido cualquier suceso de la Ville-aux-Fayes y la señora Soudry había sido acribillada por los más nauseabundos cumplidos, ya podían exclamar: «Hemos jugado un boston encantador».


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