Los campesinos

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Cuando el pequeño calesín de Rigou apareció, hacia las ocho, en la avenida que desde correos sigue a lo largo de la orilla, Gaubertin, con gorra, botas y chaqueta, regresaba ya de los muelles; se dio prisa al presentir acertadamente que Rigou no se hubiera desplazado a no ser que deseara tratar del gran negocio.

—Buenos días, señor enlazador; buenos días, barrigón lleno de hiel y de sabiduría —dijo dando una ligera palmada en el abdomen de sus dos visitantes—. Tenemos que hablar de negocios, y lo haremos con un vaso en la mano, como es de ley. Es mi lema.

—Haciéndolo siempre así, debería estar usted más gordo —contestó Rigou.

—Es que me preocupo demasiado; yo no me quedo, como ustedes, confinado dentro de casa, acoquinado como un viejo retirado… Pero ustedes saben entenderlo. Ustedes pueden trabajar con el fuego a la espalda, el vientre en la mesa, repantigados en un sillón… Los negocios vienen a ustedes. Pero entren ya. Estén en su casa todo el tiempo que quieran.

Un criado de librea azul con cabos rojos cogió el caballo por la brida y lo condujo hacia el patio donde estaban los servicios y los establos.

Gaubertin dejó que sus huéspedes se pasearan por el jardín y regresó al poco tiempo después de dar instrucciones para la comida.


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