Tratado de la vida elegante

Tratado de la vida elegante

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¡Oh! Entonces aquella palabra despertó una ovación general. El sagaz E. de G. demostró que el drama no podía salir de la uniformidad infundida por la elegancia en las costumbres de un país y, tomando como ejemplo España e Inglaterra, demostró su tesis enriqueciendo su argumentación con los colores locales que le proporcionaron las costumbres de ambas regiones. Al final, terminó así:

—Es fácil, señores, explicar esta laguna en la ciencia. Vamos a ver, ¿qué hombre, joven o viejo, sería tan osado como para asumir tan abrumadora responsabilidad? Para emprender un tratado de la vida elegante, debería tener un amor propio inimaginablemente fanático; porque sería querer dominar a las personas elegantes de París, que, ellas mismas, tantean, prueban y no siempre logran la gracia.

En aquel momento, tras haber hecho amplias libaciones en honor a la diosa moderna del té, las mentalidades se habían elevado al tono del iluminismo. Entonces uno de los elegantes[4] redactores de La Mode se levantó echando una mirada de triunfo a sus colaboradores:

—Este hombre existe —afirmó.

Una carcajada general acogió aquel exordio, pero enseguida le siguió el silencio de la admiración cuando hubo añadido:


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