La nave de los locos
La nave de los locos Haciendo una comparación un tanto ramplona, a la que era aficionado un amigo, dirÃamos que esta máquina poderosa que es la obra dostoievskiana, que nos asombra por su agilidad y por su temple, es como un automóvil que para mi contrincante tiene, naturalmente, un motor, pero que lo más trascendental en él es la carrocerÃa; en cambio, a mà me parece lo contrario; para mà la obra del ruso tiene seguramente su carrocerÃa, pero lo esencial en ella es la fuerza de su motor.
Cierto que mi tesis es una tesis vulgar, porque es la más admitida; pero, a pesar de su vulgaridad, me parece la más exacta.
Nuestro amigo, y en muchas materias maestro, supone que es fácil amplificar, inventar detalles para dar más cuerpo a una novela. No veo yo tal facilidad. Es decir, es fácil eso ante el profano, que no distingue muy bien la piedra del cemento armado; pero para el que ha aguzado la sensibilidad sobre este punto con la práctica del oficio, es muy difÃcil.
Un personaje, visto o entrevistado, no es como un concepto ideológico, que se amplÃa si se quiere voluntariamente. Un concepto tiene una historia filológica, espiritual y anecdótica, y una porción de derivaciones. De la coqueterÃa, de la vanidad, del pudor o del amor propio, se puede escribir toda una biblioteca.