Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Las nubes, al pasar por el cielo aclarando u obscureciendo la boca de la cueva, cambiaban aparentemente la forma de las cosas.
Era un espectáculo de pesadilla, de una noche de fiebre.
El mar hervÃa en el interior de aquella espelunca, y la ola producÃa el estruendo de un cañonazo, haciendo retemblar las entrañas del monte. Recalde estaba aterrado, demudado.
—Es la puerta del infierno —dijo en vascuence, en voz baja, y se santiguó varias veces.
Yo le dije que no tuviera miedo; no nos pasaba nada. Él me miró, algo asombrado de mi serenidad.
—¿Qué hacemos? —murmuró.
—¿No habrá sitio donde atracar? —le pregunté.
Las paredes, hasta bastante altura, eran lisas. Recalde, que las miraba desesperadamente, vio una especie de plataforma, que seguÃa formando una cornisa, a unos tres metros de altura sobre el agua.
Nos acercamos a ella.
—A ver si cuando estemos cerca puedes saltar arriba —me dijo Recalde.
Era imposible; no habÃa saliente donde agarrarse y el bote se movÃa.
—¿Si echáramos el ancla? —me preguntó mi compañero.