Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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El capitán se levantó al verme, con aire de alarma; yo le rogué que se sentara, y le dije quién era y a lo que iba. La muchacha salió del cuarto.

—¿De manera que usted es nieto de doña Celestina? —me preguntó el capitán.

—Sí, señor.

—¿Hijo de Clemencia?

—Sí, así se llama mi madre.

El hombre se turbó, no supo decirme lo que pagaba de renta a mi abuela, y murmuró:

—Dígale usted a su madre que me diga lo que tengo que pagar al año por la casa, y si puedo me quedaré en ella.

Yo le indiqué repetidas veces que no, que siguiera pagando como hasta entonces; pero no le pude convencer.

De cuando en cuando la muchacha rubia se asomaba a la puerta y me miraba con sus ojos azules obscuros, con una expresión de temor y desconfianza, como si tuviera miedo de que yo le hiciera algún daño a su padre.

Me levanté molestado del aire de suspicacia de toda aquella gente, y, saludando a los tres con frialdad, me volví a Lúzaro.


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