Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Me sorprendió bastante ver al médico de Elguea, que allí mismo sobre la mesa extendió la partida de defunción del muerto, a nombre de Tristán Ugarte, de profesión marino.
Me chocó, pero no dije nada. Por la noche velamos el cadáver Urbistondo, el criado y yo, y por la mañana lo enterramos en el pequeño cementerio de la aldea.
Al día siguiente Mary fue a instalarse al faro, y Allen, el criado viejo, marchó a vivir a la venta de Izarte.
Unos días después, Allen se presentó en mi casa con una pretensión extraña. Traía un devocionario en la mano.
—Su tío de usted y yo —me dijo con mucho misterio— sabíamos dónde hay un tesoro escondido.
—¡Hombre! —exclamé yo.
—Sí. Está en la costa de África, y en este libro viene la indicación.
—¿En el devocionario?
—Sí.
—¿Y qué quiere usted que yo haga?
—Primero leer lo que dice en el libro; después, si usted quiere, puede asociarse a mí.
—Respecto a leer, no tengo inconveniente. Lo que no me explico es por qué no lo lee usted.
—Es que la indicación está en vascuence, y no comprendo bien el sentido.