Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia A la vuelta de mi viaje, cuando perdÃa de vista por las noches la Cruz del Sur y comenzaba a divisar la Estrella Polar y las dos Osas, me sentÃa tranquilo.
Al acercarnos a Europa, al oÃr las sirenas de los vapores dando sus largos alaridos, experimentaba una alegrÃa infinita. Si tenÃa ocasión propicia, al llegar a Burdeos tomaba un vapor, aunque no fuese más que para pasar un dÃa en Lúzaro. Si no, me quedaba en el barco, escribiendo a Mary.
La cuestión del nombre de mi tÃo Juan de Aguirre, que a veces me preocupaba, se aclaró en Burdeos. Un viejo marino retirado, que tenÃa una tienda de objetos náuticos, y que navegó con mi tÃo Juan, me dio nuevos datos acerca del padre de Mary.
Un dÃa estaba haciendo los preparativos para zarpar, cuando recibà la visita del capitán de la goleta Dama Zuri, que me traÃa una carta de recomendación de mi amigo Recalde. La Dama Zuri era una goleta de tres palos, blanca como una gaviota y airosa como un cisne.
El capitán deseaba buscar aparejos para su barco; le habÃan dicho que allÃ, en Burdeos, se hacÃan los mejores y más baratos, y que la gente de Bayona y de la costa vasco-francesa se entendÃa para esto con un comerciante vascongado.