Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia No tardó mucho en venir. Era un hombre viejo, encorvado por la cintura, con el pelo blanco y la pipa en la boca. VestÃa de negro, la cara rasurada, la boina grande, de gascón; llevaba patillas cortas, que entre los marinos franceses solÃan llamar patas de conejo[158], y por debajo de la manga se le veÃan en las dos muñecas unas anclas tatuadas, de color azul. TenÃa la nariz larga, los ojos pequeños, las cejas como pinceles y un rictus sardónico en los labios[159].
Al decirle su hijo que éramos vascos, levantó los brazos al aire con grandes extremos.

—¿De qué pueblo? —nos dijo en vascuence.
—De Lúzaro.
—¿Españoles?
—SÃ.
—Yo soy vasco-francés. Nuestra tierra es muy buena, ¿eh? Yo no digo que la Gironda sea mala, no. Es un paÃs rico; pero la tierra vasca es otra cosa.
Luego, mirándome con fijeza, me preguntó:
—¿De qué pueblo habéis dicho que sois?
—De Lúzaro.
—¡Lúzaro! —exclamó el viejo—. Yo he conocido a alguien de Lúzaro. ¡Ah, sÃ! —añadió, llevándose la mano a la frente—. El piloto de El Dragón… Tristán, Tristán de Ugarte.