Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Usted sabe muy bien, mi oficial, que el hombre que manda durante mucho tiempo un barco de vela, llega a mirarle como una cosa viva; el Viejo así lo creía, y hablaba con su Dragón más que con su gente. Consideraba a su corbeta[175] como si fuera su mujer, su novia o su querida.

La única distracción de Zaldumbide era jugar con Mari-Zancos, una mona que le había regalado un capitán español.

Zaldumbide era avaro como pocos; tenía dos o tres maletas con aros de hierro y cofres de latón, que, según se decía, estaban llenos de preciosidades.

Zaldumbide era vasco-francés, y me designó para formar parte de su guardia negra.

—Aquí —me dijo el primer día—, el que cumple vive bien. Ahora, el que no cumple puede encomendarse a San Chicote[176].

Yo, al principio, no andaba apenas por el barco. Nunca iba a la proa. Mis dominios eran desde la toldilla hasta el palo de popa[177]. La cámara del capitán y la del teniente se hallaban bajo cubierta y tenían ventanas con rejas; delante de ellas estaba nuestra cámara y encima de las tres la sobrecámara, en el alcázar de popa, formando dos cuartos separados por un mamparo: uno que ocupaba el piloto, Franz Nissen, un dinamarqués que no hablaba nunca, y otro el médico, el doctor Cornelius.


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