Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Nosotros hacíamos la guardia de popa. No pasábamos casi nunca de la escotilla grande[181] hacia la proa, mas que cuando había alguna sublevación. Desde la ballenera hasta el bauprés[182], mandaban realmente el contramaestre y el cocinero. El equipaje alternaba las guardias de cuatro en cuatro horas, dividiéndose en guardias de babor y estribor, y Tommy, el grumete, avisaba con campanadas cuando se tenían que renovar los de un lado y los de otro.

El capitán no debía de tener mucha confianza en aquella gente, porque había tomado grandes precauciones. Para llegar a su camarote era necesario pasar por nuestra cámara, en donde dormíamos gentes de su confianza, y luego seguir por un pasillo en zigzag, forrado de hierro, con agujeros pequeños y redondos para disparar por ellos en caso de ataque.

Los respiraderos de nuestra cámara estaban cruzados por rejas: las paredes y las puertas, chapeadas de hierro; teníamos en medio una mesa, sujeta al suelo, que se podía desarmar y adaptar a la pared; unas cuantas sillas de tijera, una estufa de Plymouth, varios ganchos para las hamacas, colgadores para cada uno de nosotros y los cofres de cinc.



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