Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia —Éste es un perro. Cuando estéis entre los demás, respetadle como teniente; pero si aquà os molesta, os autorizo para que le deis una buena.
Se siguió el consejo, y un dÃa Arraitz le calentó las costillas para una temporada.
Como éramos la parte más tranquila de la tripulación, se hizo amigo nuestro un irlandés[192], Patricio Allen. Era un buen muchacho, grandullón, con los ojos azules y el pelo de color rojo, pesado, pero excelente persona. TenÃa una buena voz, pero nos aburrÃa tocando cosas tristes con su acordeón. Yo no sé cómo demonio sacaba unos sonidos tan lamentables y tan melancólicos a su fuelle. Casi el ruido más alegre de su instrumento era cuando le faltaba una nota, y parecÃa tener un ataque de asma. Sólo oyendo a Allen se sentÃa uno desgraciado, como si el mar, el viento, la soledad y la niebla se echaran sobre uno y lo acogotaran.
El español don José era simpático y formaba en el partido de los holandeses[193]. Era generoso, hidalgo, hombre de palabra; no tenÃa más defecto que el de ser ladrón. DecÃa que nada era comparable con la emoción de robar. Él nunca habÃa robado por el valor de las cosas, sino por sentir la deliciosa impresión del acto. HabÃa recibido una educación cristiana, según decÃa. Era hijo de un canónigo de la catedral de Toledo.