Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia SalÃan de la bodega en grupos de treinta, con su hatillo, entraban en la ballenera y los llevábamos hasta un arenal de la playa, y cuando habÃa una braza de fondo o algo menos, echábamos toda la chinerÃa al agua. Ellos chillaban como gaviotas al ver el mar alborotado; se les recomendó que formaran la cadena, y asà fueron llegando a tierra.
Libres de chinos, hubo que limpiar la bodega, que era una verdadera pestilencia.
Comenzamos a marchar hacia el sur, a buscar el estrecho de Magallanes o el Cabo de Hornos, en aquella inmensidad desierta del Pacifico, llevados por la monzón del oeste. Encontramos algunos barcos balleneros, con los que nos pusimos al habla, y nos indicaron la situación exacta en que nos encontrábamos.
En esto se nos acercó un barco que iba a la deriva de una manera desesperada. Nos hizo señales y nos preguntó si tenÃamos médico; le dijimos que no, y nos pidió quinina. Buscamos en el botiquÃn del doctor Cornelius, pero no habÃa quinina. Lo único que pudimos enviarles fue unas cajas de té. El barco aquél se hallaba apestado. La tripulación, enferma de vómito negro[216], tenÃa un aire lamentable; estaba formada por hombres harapientos, verdaderos esqueletos amarillos, con pañuelos y trapos en la cabeza.