Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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A la mañana siguiente sacamos velas del pañol y substituimos las que llevábamos rotas. La suerte hizo que amainara el viento; navegábamos con una gran lentitud; íbamos desviados del derrotero general de los buques, intencionadamente.

De pronto, al caer de la tarde, vimos que aparecía el crucero inglés.

—Lo que yo me temía —murmuró el capitán—. Estas cosas tienen segunda parte.

El navío se encontraba en aquel momento en mejor situación que nosotros, y pudo acercarse con relativa rapidez. Nosotros largamos todas las velas y tiramos los cañones al mar, para aligerarnos de carga. Al ponerse a tiro nuestro perseguidor, izó la bandera inglesa, y, sin más preámbulos, no soltó una andanada, que hizo caer sobre la cubierta de El Dragón una verdadera lluvia de pedazos de madera, de poleas y de cuerdas.

Una de las velas se rajó en dos pedazos y cayó echa un montón de pingajos, con un trozo de astilla que dio en la cabeza a uno de nuestros hombres y lo dejó muerto. A la segunda andanada, el palo mayor quedó hecho trizas, como el tubo de una pipa de barro, y mató a otro marinero.

Se izó la bandera holandesa; fue inútil. El crucero inglés no cesó el bombardeo[221].


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