Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Frayburu seguÃa en su desolación y en su tristeza. Dimos vuelta al Izarra y comenzamos a entrar en las puntas.
Las luces del puerto se reflejaban en el mar; brillaba alguna que otra ventana iluminada de la ciudad. Fuimos penetrando por las calles estrechas formadas por las barcas en el muelle silencioso.
La marcha del patache era lenta; yo les ayudaba a los marineros en la maniobra.
—Ahora mandaré un hombre a que recoja mi equipaje. Me voy, porque tengo prisa —dije.
—Bueno, bueno —me contestó el patrón.
Fui saltando de barca en barca hasta ganar las escaleras del muelle. Estaba desierto. Yo sentÃa una gran angustia. Al pasar por el taller de tornero de Zelayeta encontré a mi amigo; le cogà del brazo y le pregunté lo que se decÃa en el pueblo de Mary y de MachÃn. Su contestación me tranquilizó. Era verdad que MachÃn galanteaba a la chica, pero ella no le hacÃa caso.
—Puedes estar sin cuidado —me dijo.
Y ya menos inquieto, fui a casa de mi madre.