Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Esperé a que saliera el sol y secara un poco la maleza cortada.
Intenté encenderla sin papel; no pude. Me registré los bolsillos. Guardaba unas cuantas cartas de Mary. Era indispensable, había que sacrificarlas. Encendí una, luego otra, y a la cuarta, una hermosa hoguera se levantó del peñasco.
¡Qué afecto más extraño debía producir desde lejos esta roca solitaria, con su penacho de humo en el aire!
«A ver sí los que ven el humo creen que es algo diabólico y no se atreven a venir» —pensaba yo.
Realmente, aquella llama en el vértice de la roca debía tener el aspecto de algo sagrado y religioso.
Cuando se calentó el hornillo de la roca, ardían lo mismo las hierbas secas que las verdes; pero pronto dejé talado todo el peñasco, sin el menor rastro de vegetación.
Pasó una hora y otra; llegó el mediodía. Impaciente, escudriñaba el mar. Nadie se acercaba. Desalentado, en un momento de cansancio y de debilidad, me tendí al sol y quedé dormitando. Me despertó una voz y el ruido de los remos. Una trainera llegaba en mi auxilio. En ella venía Agapito, el novio de Genoveva, y otros marineros. Al verme tendido se asustaron, creyéndome muerto.