Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia MachÃn levantó la cabeza, asombrado del tono del médico, dispuesto, sin duda, a replicar con violencia; pero se calló.
—Yo vengo a hacer dos cosas —dije yo—. La una, entregarle a usted este sobre del difunto padre de Mary.
—¿A m� —preguntó él en el colmo del asombro.
—SÃ, a usted —y saqué el sobre y lo dejé encima de la mesa.
—Está bien, muchas gracias —murmuró él.
—La otra, que no emplee usted medios tan miserables y tan indignos como éste —y eché el periódico al suelo.
Las mejillas pálidas de MachÃn tomaron un tono rojo, sus pupilas fulguraron; pero no replicó.
—Yo también tengo que hablar con usted —dijo el doctor, con severidad.
—Muy bien. Si usted quiere, iré a su casa esta tarde.
—¿A qué hora?
—A las cuatro, si le parece bien.
—Bueno.
—Pues a esa hora allà estaré.
El doctor y yo nos levantamos, dejamos a MachÃn entregado a su desesperación, y nos fuimos.