Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Al cambiar de dirección creímos que se hundía; hubo un momento en que estuvo tendida casi por completo; pero pronto se fue enderezando y vino hacia nosotros ciñendo el viento. Sobre la cubierta estaba Machín, tendido, acurrucado, y, al pasar cerca de nosotros, nos echó una cuerda. Uno de los que iban a proa la cogió y la sujetó. Nuestro bote dio un salto al ser arrastrado por la goleta y comenzó a hundir la proa en el agua.

Machín, sin atender a las indicaciones del atalayero, se lanzó sobre las olas amarillas de la barra, allí donde se confundían el cielo y el mar, y pasó él y pasamos nosotros con una velocidad vertiginosa, tan pronto en la cumbre de una montaña de agua, como casi atravesándola por en medio.

Antes de que nos diéramos cuenta estábamos a salvo; Machín y su criado bajaron las velas y nosotros remolcamos la goleta.

Salimos al muelle. En aquel momento los chicos de la escuela volvían de rezar de la ermita por nosotros y nos contemplaban con admiración.

Machín sabía que entre los pescadores era odiado, y no quiso presentarse como nuestro salvador. Él y su criado se retiraron. A este último le detuve y le dije:

—Han estado ustedes admirables. ¡Qué bien han hecho la maniobra!

—Sí, el barco es bueno —dijo el criado.


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