Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Conocía el mar de la China como pocos; lo que no sabía lo adivinaba. Wilkins era un ejemplo de lo que puede llegar un hombre cuando pone su inteligencia y sus sentidos en una especialidad. Y, a pesar de su juicio claro de las cosas y de la cantidad de experiencia que atesoraba, aún se podía decir que en él el talento era lo de menos.

La maldad, la ruindad, la envidia, todo lo disculpaba. Para Wilkins el mal no era más que la cantidad de sombra necesaria para que brille el bien[272].

Pasé con Wilkins cerca de ocho años, y al cabo de éstos mi capitán se retiró, ya viejo, a Sidney; yo fui a Manila, y desde Manila a Cádiz. Iba a entrar de piloto en la derrota de Cádiz a Filipinas. Mi madre me llamó, y volví a Lúzaro.

Entonces conocí a la Shele. La Shele era hija de una familia de buena posición que se había arruinado. Tenía algún parentesco con mi madre.

En nuestro país no suele ser ningún desdoro el que una muchacha entre a servir en una casa del pueblo[273]. Además, la Shele, como digo, era pariente y ahijada de mi madre. Su situación en mi casa podía considerarse intermedia entre criada y pariente pobre.


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