Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Como avaro, era una especialidad. TenÃa un armario forrado, donde guardaba sus riquezas, y una porción de baúles pequeños de latón, reforzados con barras de hierro.
Alguna vez me permità bromear acerca de sus tesoros, y él me dijo con gran sigilo:
—Que no te oigan. No vayan a creer que tengo mucho dinero y quieran asesinarme.
La marinerÃa era completamente patibularia; quitando los vascos, que iban al lado del capitán por codicia, campesinos en su mayorÃa, y otros dos o tres, los demás eran una colección de borrachos, de ladrones, de presidiarios, lo peor de lo peor, el detritus de los puertos de las cinco partes del mundo.
Los vascos, no. Éstos eran casi buenas personas. Estaban convencidos de que, saliendo de su pueblo, el vender una familia de negros o de chinos, o el robar barcos, no tenÃa importancia. Se figuraban cándidamente mis paisanos que la honradez, el cumplimiento de la palabra, la buena fe, eran necesarios e imprescindibles en la aldea. Ahora, ya en el Océano, consideraban el piratear, el saquear o el robar como medios de enriquecerse más o menos decorosos[279].