Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Su amistad me hacÃa más llevadera mi estancia en El Dragón. Charlábamos; yo le enseñaba lo que sabÃa. Él hablaba. Asà pasamos meses y años en medio de peligros continuos.
Hicimos una porción de viajes llevando desgraciados negros de Angola y de Mozambique al Brasil y a las Antillas[282].
Nunca llegué a acostumbrarme al espectáculo de miseria y de horror que ofrecÃan; casi siempre me metÃa en el camarote para no ver aquellos desdichados. Zaldumbide los trataba bien; pero eso no evitaba que el espectáculo fuera repulsivo.
El Dragón no era de aquellos clásicos negreros que podÃan considerarse como ataúdes flotantes. Estaba bien estudiada la capacidad de aire, la cantidad de agua necesaria y la manera de evitar la infección y los miasmas pútridos. Zaldumbide comprendÃa que su negocio no estaba en dejar morir a los negros.
Por lo que me decÃan todos, antes de llegar yo al barco se llevaban partidas grandes de ébano, y la tripulación se mostraba dócil. En mi tiempo, la mitad de los dÃas los marineros estaban sublevados. Se salÃa de estos peligros a la buena de Dios.