Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Estoy convencido de que los primeros días no enfermé por un esfuerzo extraordinario de la voluntad. Constantemente estaba febril, mi cabeza ardía; de noche no podía dormir y caía en un estado de abatimiento profundo. Al amanecer, a la hora de diana, me levantaba con las ropas húmedas y el pelo mojado; sentía dolores en todas las articulaciones y una gran postración.
A pesar de esto, mi voluntad no cedía; yo la encontraba fuerte y tensa, dispuesta a cualquier esfuerzo. Tomé una poción de quina, y a los quince días había recobrado la salud.
A los confinados en los pontones se les trataba como a presidiarios. En caso de rebeldía se les mandaba azotar, se les ponían cadenas o se les llevaba al calabozo, el black hole (agujero negro), en donde se les tenía a pan y agua.
Casi todos los reclusos tenían palomas, pájaros, ardillas y otra porción de animales domesticados. Cada cual buscaba el entretenimiento más en armonía con sus gustos e inclinaciones.
Había un capitán negrero inglés que, según nos contó él mismo, cuando los negros se le sublevaban los ataba a la boca de los cañones y disparaba. Este capitán, cuando le cazaron, iba recogiendo negros, metiéndolos en barricas y echándolos al agua. Tan brutal energúmeno se conmovía pensando en un conejo al que había domesticado.