Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Pasada la lista, nos desnudamos Allen, Ugarte y yo, e hicimos líos con la ropa y los envolvimos en la tela impermeable. Luego cogimos del colgador las ropas de otros reclusos y las metimos en nuestras hamacas. Dejamos las gorras poco más o menos como los demás días, y cuando entró el master nos echamos en el suelo los tres, abrimos el boquete, pasamos primero los fardeles con las ropas y luego nosotros, como por una gatera, y salimos a cubierta. Cerramos el boquete. Hacía un frío terrible. El centinela, a nuestro lado, gritó: All is vell (todo va bien)[299].

La noche no estaba del todo obscura; había una vaga niebla rojiza. Agachados, corriendo por cerca de la borda, nos fuimos acercando hasta saltar a la toldilla de popa, que cogía casi toda la mitad del barco.

Estuvimos allí esperando hasta ver si éramos descubiertos. Yo estaba temblando de frío.

—Tome usted; frótese usted —me dijo, en voz baja, Allen dándome un trozo de sebo.

Comencé a frotarme con aquello, y él me embadurnó la espalda. Con esta capa de grasa desapareció el frío. Ugarte y Allen hicieron lo mismo.

—¿Y las maderas para los pies? —dije yo.

—Aquí, a un lado, las tengo —me contestó Allen.


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