Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Como toda esta zona francesa de NormandÃa y de Bretaña tiene su principal comercio con Inglaterra, y a mà no me convenÃan los aires de la pérfida Albión, tardé mucho en encontrar empleo, hasta que lo hallé en un almacén del Havre[317].
Mi vida tenÃa un fin, un entusiasmo: habÃa una mujer que pensaba en mÃ. Les escribÃa constantemente a ella y a Allen, y a éste le enviaba parte de mi sueldo.
Allen pasó poco tiempo preso. Cuando salió fue a ver a Ana. El capitán Sandow estaba cada vez más brutal y más despótico con su hija. Allen se concertó con ella, y un dÃa, con gran asombro por mi parte, les vi a los dos venir hacia mi casa.
Ana y yo nos casamos y tuvimos una niña, Mary.
Entonces, pensando en mi hija, quise enterarme de lo que pasaba en Lúzaro, y escribà a mi madre, y ella me comunicó cómo se me habÃa creÃdo muerto y se habÃan celebrado mis funerales.
Mi vida con Ana hubiera sido feliz; pero mi mujer tenÃa poca salud. Aquella delicada criatura, tan sencilla, tan ingenua, murió en mis brazos después de lenta agonÃa.
La recuerdo siempre en la casa sombrÃa de su padre, y a su recuerdo uno el de la Diana Vernon de Walter Scott. Al mismo tiempo que la conocà leà la obra del novelista escocés, y no puedo pensar en mi querida muerta sin recordar la figura literaria del gran escritor.