Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia —Bueno. Cállese usted —replicó el joven moreno—. Como decÃa, encontré al señor Smiles, que tenÃa un saloon bar[320] en Liverpool. El señor Smiles traspasó su establecimiento, yo abandoné mi empleo, y, en compañÃa de Allen, los tres bien armadas, fuimos a Las Palmas. Aquà alquilamos una goleta, con tripulación y todo, y nos dirigimos al rÃo Nun[321]. El patrón de la goleta tenÃa la orden de esperarnos durante una semana cerca de la desembocadura del rÃo, y, en el caso de que no apareciéramos, volver durante seis meses en el perÃodo de luna llena. Abandonamos la goleta, y en un bote remontamos el rÃo, hasta llegar frente a las ruinas de una fortaleza que se levantaba en un cerro. Dejamos el bote atado a un árbol de la orilla, y escondiéndonos entre las peñas con grandes precauciones, subimos el cerro, hasta llegar al castillo arruinado. No nos habÃamos topado con nadie. Por lo que dijo Allen, tenÃamos que encontrar entre aquellas paredes un muro en donde estuviera esculpido un elefante. El primero que lo vio fui yo.
—Ahà está —grité.