Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Es extraño; lo que ha comprendido el salvaje, que el niño, como más débil, como más tierno, merece más cuidado y hasta más respeto que el hombre, no lo ha comprendido el civilizado, y entre nosotros, el que sería incapaz de hacer daño a un adulto, martiriza a un niño con el consentimiento de sus padres.

Es una de las muchas barbaridades de lo que se llama civilización.

A los pocos días de entrar en la escuela entablé amistad con dos chicos que han seguido siendo amigos míos hasta ahora: el uno, José Mari Recalde; el otro, Domingo Zelayeta.

José Mari era hijo de Juan Recalde, el Bravo. Llamaban así a su padre por haber demostrado, repetidas veces, un valor extraordinario; José Mari iba por el mismo camino: se mostraba arrojado y valiente.

El otro chico, Chomin[30] Zelayeta, era hijo de un tornero y vendedor de poleas del muelle.

Chomin se distinguía por su viveza y por su ingenio. El padre era un tipo, hombre enérgico, de carácter fuerte y un poco fosco, que encontraba motivos raros para sus decisiones.

—¿Por qué no se casa usted de nuevo, Zelayeta? —le dijo alguno.

—No, no; ¿para qué? Tendría que hacer mayor la casa, y no me conviene.


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