Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Para mitigar este fracaso, Shacu se avino, por consejo de Caracas, a prestarnos una chanela[57] de Zapiain, el relojero y corredor de comercio. Esta chanela, que Shacu guardaba, se llamaba el Cachalote.
Al principio le dábamos al guardián alguna moneda para tenerle contento; pero luego le cogÃamos la lancha sin decirle nada. Mientras veÃa que entrábamos en el bote, hacÃa como que no se fijaba; pero cuando pasábamos por delante del agujero de Caracas, Shacu se adelantaba y se ponÃa a gritar con todas sus fuerzas:
—¡Dejad esa lancha, granujas!
Nosotros no le hacÃamos caso, seguÃamos remando, y él, más enfurecido gritaba:
—¡Ladrones! ¡Piratas! ¡Corsarios! Ojalá os muráis de repente.
Entonces Zelayeta, que a veces tenÃa mala intención, le decÃa:
—Vamos a vender tu lancha. ¡Llora, Shacu!
Y a él le entraba tal desesperación, que pateaba, tiraba el gorro rojo al suelo, y casi comenzaba a llorar de rabia.
Con el Cachalote no andábamos más que por el puerto y por la rÃa[58]; no nos atrevÃamos a cruzar la barra en una lancha tan ligera, porque una ola un poco más fuerte podÃa tumbarla.