Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval Si hubiera sabido que algo de esto que me contaron estaba comprobado, habrÃa insistido con Adolfo para ponerle en guardia; pero no lo sabÃa.
A quien comuniqué mis sospechas fue a Pastelillos.
—Hace usted bien en decÃrmelo —advirtió él—; pero yo no fÃo a nadie. Ni a mi padre si se presentara. Me arruinarÃa.
—¿A mà tampoco me fiarÃa usted? —le pregunté.
—Tampoco; pero le invitarÃa a comer en familia.
—¡Muchas gracias!
Adolfo alternaba su idilio con la Mercedes con las conversaciones que sostenÃa con Panchito y su secretario.
Me dijeron que estaban preparando un álbum en honor de un polÃtico con fotografÃas y autógrafos; contaron también que habÃan presentado un proyecto para hacer propaganda turÃstica por la radio. El caso era que Adolfo tenÃa más dinero que el de costumbre y se sentÃa fastuoso.
Una tarde, al volver de la imprenta, al pasar por el bar del Pez, el dueño Manolo me llamó y me dijo:
—Oiga usted, don Antonio.
—¿Qué ocurre?
—¿Sabe usted que la bofia ha estado en nuestra casa?