Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval UN PINTOR DE CEMENTERIOS
HACE treinta y tantos años tenía yo la costumbre de ir a pasear por las mañanas a la calle de Rosales. La calle tenía menos casas que ahora, algunas con aire aldeano, y era poco visitada por los madrileños.
A lo lejos se veía la perspectiva de la sierra como una lejana muralla azul coronada de nieve, y cerca, en los barrancos, llenos de cascote, aparecía algún merendero o alguna casucha con su corralillo limitado por árboles y sus gallinas y sus conejos.
No se había comenzado aún el parque del Oeste, y las colinas que hoy presentan arbustos y macizos de verdura eran vertederos cruzados por un arroyo; el de San Bernardino, que tenía en sus orillas hileras muy espaciadas de álamos viejos y corpulentos. Al pie de las colinas aparecía el Manzanares con sus pequeñas corrientes de agua sobre el cauce arenoso; brillaba el estanque de la Casa de Campo entre las ramas secas; se veía la carretera de Segovia, y hacia el Sur se levantaba el Cerro de los Ángeles.
