Locuras de Carnaval

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V

VUELTA AL CEMENTERIO

AÑOS DESPUÉS, en un momento de renovación de romanticismo, a María Luz se le ocurrió visitar las tumbas de sus padres y de Enrique, que estaban en el cementerio de Isidro. La visita no le hizo más que un efecto mediocre.

Luego, en su casa, leyó las cartas de Enrique de cuando eran novios y que guardaba cuidadosamente. Pensaba que le harían una gran impresión. Las leyó, sin duda, con excesivo sentido crítico, porque le parecieron pobres, protocolares, llenas de lugares comunes.

«El pobre Enrique no era un escritor», pensó.

Unos días más tarde se le ocurrió ir al cementerio de San Martín a rezar en el sepulcro del general Heredia, el amable viejo que había protegido sus amores con Enrique cuando ella y él eran aún niños. Al menos con la muerte no podían existir desilusiones. También existían. El camposanto lo estaban desmontando, y la tumba del general había desaparecido.

Un hombre grueso con un guardapolvo gris, una gorra con galones y una colilla en los labios se acercó a María Luz a preguntarle qué buscaba.

—Busco la tumba del general Heredia —contestó ella.

—¡El general Heredia! Venga usted por aquí. Aquí debe de estar.


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