Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval LA FRONTERA DEL CRIMEN
ERA CURIOSO para un hombre como Recalde, aficionado a la psicología práctica, ver los efectos de una pasión arrolladora y ciega. Nunca había presenciado tal cosa. Alguna vez se encontró con personas que ante él presumieron de apasionadas y de vehementes, pero eran más que nada comiquillos que querían pasar por personajes de novela, pequeños mixtificadores con ciertas condiciones de elocuencia que se sugestionaban con sus palabras y representaban un papel.
Luis Ochoa no era de estos; no trataba de exhibir sus inquietudes y sus angustias, que iban apoderándose de su personalidad hasta lo más profundo de su inconsciencia.
Estaba dos o tres días sin ver a Leticia y se los pasaba deprimido, sin hablar, con una melancolía brumosa y pesada. Cuando llegaba su dama se transformaba y se convertía en otro hombre alegre, animado y sonriente.
No había manera de hacerle reflexiones. No las escuchaba.
Lady Cardigan apartó todos los obstáculos que podía haber para llegar a Luis. Estaban casi siempre juntos. Cuando no, se escribían dos o tres veces al día.
Con frecuencia John Max, el mayordomo, le citaba a Ignacio Recalde. Se enteraba de todos los pasos que daba ella. Probablemente la espiaba y sorprendía la correspondencia de lady Cardigan con Ochoa.
