Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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En su segundo viaje, Ignacio venía preocupado con algunos negocios mineros que le habían propuesto. Pensaba si le convendría quedarse en California. Se había olvidado de Ochoa. Al llegar a la pensión de Whitechapel se encontró con una carta de John Max, el mayordomo, en la que le decía que quería hablarle y que le avisara por teléfono a su casa de Dean Street en qué punto se podían ver.

«¿Qué querrá de mí ese pájaro de mal agüero?», pensó Recalde.

Le citó para el mediodía en la misma taberna de Soho donde se vieron la primera vez.

John Max se presentó con aire importante y reservado. Saludó a Recalde y se sentó. Había público en la taberna, y esto parecía inquietarle.

«Tengo que contarle algo que le va a interesar —dijo en castellano—. Creo que será lo mejor que vayamos a casa.»

Salieron, fueron a Dean Street y subieron a la habitación del mayordomo.

—Han ocurrido cosas extraordinarias —dijo Max—. Lord Cardigan ha muerto, y su mujer, si es que no lo ha envenenado, ha precipitado su muerte.

Recalde se le quedó mirando estupefacto.

—Cuente usted. ¿Qué ha pasado?


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