Los caminos del mundo
Los caminos del mundo Después de comer fuimos a un café; y estábamos hablando castellano cuando se nos acercó un hombrecito, pequeño, moreno, con la nariz corva, la barba entrecana y los ojos brillantes.
—¿Son ustedes españoles? —nos preguntó.
Y al decirle que sÃ, se nos quedó mirando ensimismado y comenzó a hablar.
¡Pero qué manera de hablar! Era un chaparrón de palabras. Cuando concluÃa un perÃodo repetÃa afirmativamente: SÃ… sÃ… sÃ…, como para no perder el derecho de seguir hablando.
Este hombre era judÃo, de origen español, y nos habló de España y de los judÃos en un castellano arcaico. DecÃa agora por ahora, aÃnda por todavÃa, y empleaba giros muy extraños.
—Vosotros los cristianos de Castilla —exclamó gesticulando— creéis que nosotros os guardamos rencor porque quemasteis a nuestros remotos, y debÃamos guardarlo; pero, no, no tenemos odio. No; nosotros amamos a España; ese ha sido el paÃs donde hubo un florecimiento más bello del alma hebraica. SÃ, sÃ, sÃ. Amamos a España, Toledo, Sevilla. Granada, Córdoba… Allà vivió nuestra raza; allà fueron prÃncipes, poetas, banqueros… SÃ, sÃ, sÃ…
Después se puso a comparar la religión judÃa con la cristiana, y decÃa: