Los caminos del mundo

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Con Miniussir y con algunos otros acudíamos a los teatros, a las fiestas, al salón de Teresa Cabarrús…

Iba acabándose mi tiempo de estancia en París, dentro de lo vulgar y corriente, cuando de improviso me encontré metido en una intriga amorosa y en una intriga política.

Tenía yo un encargo que me habían dado en Bayona, para entregarlo en París a un señor don José González, presbítero, que habitaba en el hotel de la Corneta, calle de la Corneta, en el Gros Caillou.

Como ya me faltaban pocos días de estancia, cogí el encargo y fui a ver al presbítero. Entré en el hotel, llamé en la puerta que me indicaron y, en vez de salir un clérigo, salió una de las muchachas más bonitas que yo he visto en mi vida. Pensé si me habría equivocado; pero no; allí vivía don José, el cura, y esta muchacha, llamada Concepción, era su sobrina.

Don José había ido aquella tarde a cobrar la renta en casa del banquero Hardouin. Con el pretexto de esperar, hablé largo rato con la muchacha, y nos entendimos tan bien, que quedamos de acuerdo en escribirnos todos los días y en vernos siempre que ella pudiera, porque el cura era regañón y suspicaz.

Cuando llegó don José, el cura, le entregué el encargo, saludé a Conchita con afectada indiferencia y me marché a la calle.


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