Los caminos del mundo
Los caminos del mundo No recuerdo quién era nuestro embajador por entonces; me figuro que era el duque del Parque, un señor un tanto fatuo y muy entusiasta de las ideas liberales, que en tiempo de la segunda época constitucional gustaba de que no le llamaran duque, sino el ciudadano Cañas, pues este era su apellido, y que peroró en Madrid, en el club que se llamaba la Cruz de Malta.
No recuerdo bien, como digo, si en esta época era el embajador el duque del Parque o el de San Carlos.
Cuando entré en el gran salón eran las once y media, y el baile comenzaba a animarse. Había muchas máscaras, muchos emigrados españoles y muchas mujeres hermosas.
El espíritu de esta época en París era muy distinto al del Imperio. La megalomanía napoleónica había sucumbido por muerte natural; la gente no quería más que olvidar y divertirse. Tantos años de guerra del reinado de Napoleón habían producido una gran fatiga. Tras el dominio de los militares venía el de los jesuitas y de los abogados de provincia, y se preparaba el de los periodistas.
La aristocracia reaccionaba; las damas del gran mundo intentaban desterrar de las reuniones a las generalas e intendentas del Imperio, y trataban de mezclar las costumbres de la Regencia con el culto del Sagrado Corazón de Jesús.