Los caminos del mundo
Los caminos del mundo Dieron las doce en el reloj de Santa MarÃa de la Almudena y en San Justo, y los tres, Arquez, Aviraneta y yo, cruzamos la casa, abrimos una puerta vidriera y aparecimos en el balcón corrido que daba al huerto de las monjas.
La noche estaba oscura. SeguÃa lloviendo. Aviraneta iba a atar la cuerda al barandado del balcón.
—Llueve mucho —dijo.
—SÃ. ¿Eso qué importa? —preguntó Arquez.
—Importa. Si la tierra está húmeda y bajamos directamente vamos a dejar huellas. Las monjas se alarmarán y darán parte a la policÃa. Se comprenderá que si han pasado hombres por la huerta, esos hombres han venido de aquÃ; registrarán mi casa, encontrarán huellas y quedaremos descubiertos.
—¿Qué hacemos entonces? —pregunté yo.
—A ver qué se le ocurre a ustedes —dijo Aviraneta.
A mà no se me ocurrió nada.
Después de un rato Eugenio indicó:
—Se pueden hacer dos cosas: una, que vaya yo por el tejado y baje por la cañerÃa al huerto y observe yo solo lo que pasa; otra, que vaya por el tejado y lleve esta cuerda. Se ata antes al balcón y luego yo veré de sujetarla a aquel árbol del huerto. Ustedes tendrán que bajar colgados de la cuerda.
—Esto es fácil —dije yo.