Los caminos del mundo
Los caminos del mundo La casa era de un señor Cordier. Fui a saludarle, y me lo encontré rodeado de una familia muy simpática. A pesar de esto, tenían todos un aspecto algo extraño y sombrío; aspecto que yo me expliqué cuando supe, tras de una hora de charla, que todos ellos pertenecían a la secta calvinista.
Realmente, yo no recordaba qué eran los calvinistas, ni quién era Calvino. Sin embargo, tenía alguna idea, e insistiendo en ella vine a dar en la fuente de mis conocimientos acerca de Calvino.
Todos ellos databan de una tía mía muy vieja. Esta señora me contaba que Calvino era un hereje muy malo y muy soberbio; un día le invitaron a un banquete, y un vecino de la mesa le puso en el mantel un poco de sal, otro poco de cal y una copa de vino.
Al acercarse a la mesa el soberbio hereje vio sal, cal y vino: Sal Calvino; y, furioso, se marchó.
Como ni mi tía ni yo sabíamos de qué país era Calvino, ni qué lengua hablaba, dábamos como seguro que entendió la alusión de la mesa.
En tan importante anécdota estaban condensados todos mis conocimientos acerca de Calvino.
Al ir a despedirme de la familia de Cordier se presentó un señor suizo, casado con una inglesa. Este matrimonio, que vivía en una villa del lago Leman, conocía a madama Staël y a lord Byron.