Los caminos del mundo

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Por mi desgracia, yo iba colocado entre dos alemanes grandes, gruesos y muy cargados de paño, de modo que no me podía mover; al poco tiempo de estar cerradas las ventanillas hacía un calor dentro del coche tan inaguantable, que empecé a sudar como si estuviera en el mes de julio. Además, como me hallaba sujeto, emparedado entre los dos hombretones, me entraron unas ansias y vahídos que creí morirme. En este estado me resolví a suplicar a uno de aquellos colosos germánicos, que no hacía más que roncar, me cediese su puesto, pues me encontraba muy mal. El alemán, refunfuñando, se levantó y me dejó el sitio; yo abrí la última ventanilla del coche y saqué la cabeza fuera. El aire fresco me vivificó y me volvió un poco en mí.

Uno de los viajeros dijo que valía más se dejara una ventanilla abierta, pues si no, nos íbamos a asfixiar todos.

Continuamos nuestro camino haciendo zigzags por montes y barrancos y atravesando aldeas. A media noche pasamos por Friburgo de Suiza, donde se baja una cuesta sumamente rápida, a cuyo fin está la ciudad.

En un pueblo, poco después de llegar a Friburgo, dejamos el coche y entramos en un trineo.

Se hizo de día, y comenzó a verse el país, cubierto de nieve, entre la bruma blanquecina de la mañana.


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