Los caminos del mundo
Los caminos del mundo —¿Es que usted cree, mi querido señor, que se pierde algo con que mueran cuarenta o cincuenta mil individuos de canalla humana?
No le contesté nada, y me despedí de él.
Dejamos Berna, pueblo muy curioso, y avanzamos en nuestro camino. Aviraneta y Ganisch siguieron escandalizando, echando besos a las aldeanas, que se reían. De noche llegamos a un pueblo, donde nos detuvimos solamente un momento y en el que dijeron había una gran cascada sobre el Rin. Yo me hubiera quedado a verla; pero como Aviraneta no manifestó la menor curiosidad por ello, seguimos adelante.