Los caminos del mundo
Los caminos del mundo Confieso que sentà un gran entusiasmo por aquel soberano que venÃa a restaurar las venerandas tradiciones de la MonarquÃa. Realmente, es un espectáculo conmovedor contemplar a un rey de cerca.
También vi en su coche al emperador Francisco I de Austria, el kaiser Franz. No tenÃa el aspecto de Alejandro I de Rusia; a pesar de no contar más que cuarenta y tres años, representaba lo menos cincuenta, y se le veÃa flaco y avejentado. Los austrÃacos no pueden estar muy orgullosos de tener un emperador de buena figura.
Al rey de Prusia no tuve el gusto de verle.
El emperador de Austria se paró a contemplar el desfile de tropas por el puente. Yo hice lo mismo; pasaron algunos cuerpos de la guardia imperial rusa, que es magnÃfica. Es una satisfacción para un militar ver tropas tan bien vestidas y gente tan igual de estatura y de tan buena presencia. Realmente, no se pueden comparar las tropas austrÃacas con las rusas y alemanas. Cierto que los bávaros tienen regimientos lucidos; pero no los austrÃacos, cuya única fuerza bien presentada es la caballerÃa.
Estaba presenciando el desfile cuando se acercaron Aviraneta y Ganisch. Cruzaron entre dos compañÃas, y un viejo aldeano que quiso también pasar fue empujado por un sargento y cayó al suelo.
—¡Lo han reventado a ese pobre hombre! —exclamó Aviraneta.