Los caminos del mundo

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—¿Para qué habéis pasado? —pregunté yo—. ¿No veíais que venía la tropa?

—¿Y nos van a tener parados constantemente estos animales? ¡Qué brutos! ¿Por qué no habrá una peste que acabe con todos los reyes, emperadores, papas, mariscales, aristócratas, militares y demás canalla?

No quise replicar nada. Creer que se puede vivir sin reyes, sin nobles y sin militares me parece lo mismo que pensar que se puede suprimir el sol y las estrellas.

No comprendo cómo Eugenio, que es de una familia decente, defiende estas extravagancias, que no se explican más que en los delirios monstruosos de hombres como los de la Revolución francesa.

Fuimos a comer a la posada, y por la tarde me presenté yo a lord Aberdeen, que era un inglés guapo, todavía joven, de unos treinta años, muy estirado, quien me dirigió al enviado de España cerca del rey de Prusia, don José León García de Pizarro. Este caballero me recibió de una manera bastante incorrecta, diciéndome incontinenti que no me podía dar socorro alguno, a lo cual contesté yo con altivez que no le pedía socorro, sino que firmase mi pasaporte.

Al volver a la posada me encontré a Aviraneta hablando con un oficial español, don Rafael del Riego, que también se había escapado de Chalonsur-sur-Saône.


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