Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte EL SEÑOR DE PARÍS
EL DÍA ANTERIOR Juanito Elorrio y Abel Escalante estuvieron buscando por el bulevar Arago una tienda donde les habían dicho que se vendían estampas curiosas, pero no dieron con ella. Las señas que les dieron no eran muy precisas. Al cruzar por delante de la cárcel de la Santé, rodeada de unos muros grises, tenebrosos e hipócritas, el recuerdo de las ejecuciones se les había venido en la memoria. Abel Escalante quería hacer una encuesta sobre el verdugo de París para una revista americana.
Después de cenar, como la noche era bastante desapacible, renunciaron a la salida que tenían proyectada, dejando para otro día la visita que juntos pensaban hacer a un compatriota del inglés que solía estar en un bar no muy lejano de la plaza del Palais Royal.
Se quedaron un rato en el saloncillo, haciendo tertulia con Gloria y Julia, que tampoco esa noche pensaban salir. Los demás huéspedes se habían recluido en sus respectivas habitaciones.
—¿Han paseado ustedes mucho esta tarde? —preguntó Gloria.
—Sí, hemos dado un buen paseo —contestó Abel.
—Hemos ido en busca de unas estampas, pero nos hemos vuelto con las manos vacías —dijo Elorrio.
—¿No eran interesantes? —preguntó Julia.
