Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte DORINA EN EL PARQUE
SALIERON DEL HOTEL Dorina, Pagani y Evans, y sin apresurarse demasiado se fueron acercando al parque de las Buttes Chaumont. La tarde de otoño era admirable, con unos colores dorados, en los árboles y en las nubes, maravillosos.
—¿No lleva usted careta para los gases asfixiantes? —preguntó Pagani a Evans.
—Ni nos la han mandado al hotel. Pero yo, la verdad, no creo en eso. Los vaticinios que se hacen sobre la guerra futura ninguno vale nada y no se dicen más que vulgaridades.
—Pensar que quizá, dentro de unos dÃas o de unas semanas, todo esto pueda estar ardiendo por las bombas —pensaba Pagani—. Es triste.
—SÃ, es lamentable, verdaderamente lamentable —agregaba el inglés.
Dorina no se ocupaba de aquella cuestión para nada. No albergaba ningún temor. TenÃa mucha amistad con Pagani, a quien conocÃa desde niña, y se burlaba de él porque era un cascarrabias.
Los dos hombres llevaban a Dorina en medio.
