Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte CAMINO DE UTIEL
AL ANOCHECER del tercer dÃa, los viajeros decidieron marcharse de Cuenca. HabÃa notado Muñoz que todos los sitios, posadas o casas mÃseras donde se alojaban los viandantes se robaba algo: un ovillo de cuerda, una cuchara, un rallador. Muñoz se asustaba porque las fechorÃas se las podÃan atribuir a ellos. Elorrio y Muñoz decidieron marcharse. Un domingo les dijeron a los compañeros que saldrÃan más pronto que de ordinario y que les esperarÃan en la entrada de la aldea próxima.
Muñoz y Elorrio dejaron el pueblo a media noche y avanzaron cuatro leguas y ya no volvieron a encontrarse con los compañeros de viaje.
Siguieron su ruta tropezando a trechos con casas rodeadas de tapiales, unas y otras hechas de adobes. En los campos brillaba el esmalte purpúreo de las digitales y entre los ribazos que festoneaban la carretera se descubrÃan las flores violetas del brezo.
Se anunciaba la proximidad de tierras más cálidas, de campos más beneficiados por el clima. La comarca llana y ya fértil se veÃa cercada por montes bajos cubiertos de árboles, y desde sus laderas llegaba hasta el oÃdo de los dos viajeros el tintineo de las esquilas del ganado que pastaba en las praderas verdes, llenas de flores de color que brillaban en el campo.
