Los caprichos de la suerte

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V

CAMINO DE UTIEL

AL ANOCHECER del tercer día, los viajeros decidieron marcharse de Cuenca. Había notado Muñoz que todos los sitios, posadas o casas míseras donde se alojaban los viandantes se robaba algo: un ovillo de cuerda, una cuchara, un rallador. Muñoz se asustaba porque las fechorías se las podían atribuir a ellos. Elorrio y Muñoz decidieron marcharse. Un domingo les dijeron a los compañeros que saldrían más pronto que de ordinario y que les esperarían en la entrada de la aldea próxima.

Muñoz y Elorrio dejaron el pueblo a media noche y avanzaron cuatro leguas y ya no volvieron a encontrarse con los compañeros de viaje.

Siguieron su ruta tropezando a trechos con casas rodeadas de tapiales, unas y otras hechas de adobes. En los campos brillaba el esmalte purpúreo de las digitales y entre los ribazos que festoneaban la carretera se descubrían las flores violetas del brezo.

Se anunciaba la proximidad de tierras más cálidas, de campos más beneficiados por el clima. La comarca llana y ya fértil se veía cercada por montes bajos cubiertos de árboles, y desde sus laderas llegaba hasta el oído de los dos viajeros el tintineo de las esquilas del ganado que pastaba en las praderas verdes, llenas de flores de color que brillaban en el campo.


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