Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte LO QUE SE CONTABA
COMO EN LAS TIENDAS no había nada, ni tampoco en los bares, ni en las pastelerías, se comía mal unos dulces con sacarina, un chocolate hecho con algarrobas, y como se sabía que el dinero rojo no iba a valer, a la gente le dio por comprar libros, creyendo algunos ilusos que había un repentino afán de cultura en el pueblo y otros que aquello podía ser un buen negocio.
El médico recordaba de una señora que le había dicho que compraba libros para distraerse de las inquietudes de la guerra, y un día la había encontrado en la calle cargada de todas las obras de Freud. Tenía el médico como dato concreto el que una sola librería, de enero hasta octubre, había despachado por valor de un millón de pesetas. Se calculaba una venta de quince a veinte mil pesetas diarias.
El furor bibliofílico se acentuó más y más hasta junio del año o principios del otro, en que decayó un poco, quizá porque ya no había novedades o porque las editoriales y tiendas reservaban sus tomos para los amigos. Desde luego los estantes de libros sociales, comunistas y anarquistas eran los que menos variaban, y al parecer no interesaban a nadie.
