Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte DEFINICIONES
EL MARIDO DE GLORIA solĂa ir a verla algunas veces al hotel. VivĂa Ă©l con una cupletista detestable que cantaba en un cafĂ© de los bulevares exteriores, y como hablase que su mujer no sabĂa arreglárselas, solĂa decirlas:
—¡Chica, te has lucido!
—SĂ, es verdad —contestaba ella—, pero mira que tú…
Gloria tenĂa por su parte algunas manĂas un tanto raras. SolĂa raspar los ojos a los retratos de Hitler que veĂa en las revistas ilustradas.
—Sin duda piensa que ese raspado tiene algo de envoutement —decĂa el dibujante Abel[5].
—Si esos levantamientos de figura y prácticas mágicas tuvieran alguna eficacia —dijo Elorrio—, Hitler estarĂa ya sepultado y podrido hacĂa muchĂsimo tiempo, y a Stalin y a Churchill les hubiera pasado lo mismo.
—Y a casi todos los polĂticos.
—Es verdad.
—Algunas veces —dijo Abel—, Gloria y Julia suelen discutir amablemente. Julia está un poco delicada y supone que está tuberculosa. Yo no lo creo.
Abel contĂł a su amigo que unas noches antes, Julia le decĂa a Gloria:
