Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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VII

DEFINICIONES

EL MARIDO DE GLORIA solía ir a verla algunas veces al hotel. Vivía él con una cupletista detestable que cantaba en un café de los bulevares exteriores, y como hablase que su mujer no sabía arreglárselas, solía decirlas:

—¡Chica, te has lucido!

—Sí, es verdad —contestaba ella—, pero mira que tú…

Gloria tenĂ­a por su parte algunas manĂ­as un tanto raras. SolĂ­a raspar los ojos a los retratos de Hitler que veĂ­a en las revistas ilustradas.

—Sin duda piensa que ese raspado tiene algo de envoutement —decía el dibujante Abel[5].

—Si esos levantamientos de figura y prácticas mágicas tuvieran alguna eficacia —dijo Elorrio—, Hitler estaría ya sepultado y podrido hacía muchísimo tiempo, y a Stalin y a Churchill les hubiera pasado lo mismo.

—Y a casi todos los políticos.

—Es verdad.

—Algunas veces —dijo Abel—, Gloria y Julia suelen discutir amablemente. Julia está un poco delicada y supone que está tuberculosa. Yo no lo creo.

Abel contĂł a su amigo que unas noches antes, Julia le decĂ­a a Gloria:


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